Volver
Contemplaba desde el agua como las olas del mar barrían los granos de arena, como peinaban los cabellos blancos de la playa, cual si la playa fuese mujer anciana, atusándolos, masajeándolos, escuchaba la canción del mar, el canto de las sirenas y sin querer recordarlo la magia se deshizo en pedazos. Volver. Volver.
Era su último día, ay, todo empieza y todo acaba, regresar, nacemos para morir, tornar a su mundo cotidiano de marejadas, de luchas, de horizontes azules iguales, y sintió un leve desasosiego, un malestar que no había sentido hasta entonces, se dejó balancear por las olas y rozó tiernamente un cuerpo femenino que se movía a su lado, sería la última vez que volviera a hacerlo, se sentía tan a gusto en aquellas aguas entre aquellos cuerpos de mujeres sensuales y voluptuosas que tener que partir le jodía tanto como un cielo encapotado derramando un aguacero de dos pares de cojones sobre su cálida mar, así pues que, decidido y ni corto ni perezoso juró que pasaría toda la noche nadando en el agua, toda la noche antes de partir a la mañana siguiente, sin rozar la arena, flotando, mirando las estrellas, robándole al tiempo el terrible maleficio de su andar cansino a paso de cangrejo.
¡ Cuánto daría por hacer cangrejo al tiempo ¡ .
Por retrocederlo, por andarlo hacia atrás, pero no creía en cuentos de hadas ni duendes y era improrrogable su estancia en aquel paraíso de bellas ninfas de curvas prominentes y pieles cacao, del olor a azahar, - una estrella fugaz cruzó tan rápido el firmamento que sorprendido ni le dio tiempo a pedir un deseo,- tiempo, tiempo, cruel enemigo, una noche, un regreso, se acercaría al faro a verlo por última vez, se dejaría mecer por las aguas, se despediría con un adiós largo y profundo, vadearía las rocas, soñaría con esa playa, esa arena, esos cuerpos de mujer, esas noches perfumadas, el balanceo de las aguas que no cambiaría por ninguna silla mecedera del mundo, ni aunque fuese de oro maciza. Allá a lo lejos el faro le saludaba, parecía haberse puesto de gala, corbata, smoking, bastón y sombrero para una fiesta de despedida para uno, un solo invitado y comensal, le guiñaba constantemente un ojo, estaba tan alto, tan rascacielos, que le dio miedo ser tan pequeño, tan insignificante y poca cosa, tan poco cerebro, empezaba a hacer frío, pero era su último día y se quedaría metido toda la noche en el agua bordeando la costa, mirando la playa, contemplando el mundo de cemento que tras la arena se dibujaba con focos de luz más allá del paseo marítimo, si fuese capaz de llorar, habría derramado lágrimas, si pudiese volar, habría trepado por encima de las rocas hasta la punta más alta del faro para darle un beso de despedida y un abrazo, besos y abrazos que también habría dado a cada mujer bonita de la playa, si le hubiesen dejado, y el tiempo, inmisericorde, imperecedero, transcurrió sin notarlo, poco a poco, las estrellas se fueron fundiendo en chocolate hasta desaparecer, el negro color del cielo, cual fondo de una taza de café solo, se fue mezclando con el blanco de la leche para ir trayendo el día, un café con leche amargo, sin azúcar, que los rayos del sol se fueron bebiendo hasta transformar el café con leche del cielo por uno inmensamente azul, nunca antes había odiado un amanecer, nunca, era ya la hora, la fatídica hora del regreso, dejar de ver la blanca arena, retornar, bueno, pensó, volveré pronto, el más mínimo hueco que encuentre y juro que prometo volver.
Retozaba en el agua con tanto deleite que era injusto verle partir, alejarse de aquello que tanto amaba, su faro, la arena de la playa, las lindas mujeres, el cielo estrellado, dejarlo todo por su vida de costumbre oscura y fría, monótona, cansina, y tan lejos de allí, e hizo alargarse el momento, si pudiera, asesinaría con arsénico al tiempo, lo dejaría preso en una mazmorra atado con cadenas de pies y manos y se llevaría la llave con él hasta el mismísimo infierno si el diablo le aceptaba como compañero.
Tal vez si
Si se dejaba mecer por las olas del mar
Cerró los ojos, y se dejó acunar, poco a poco, despacio, el agua se lo fue llevando hacia el interior azul y profundo, lo primero que dejó atrás fueron los dulces sonidos de sus excitantes mujeres, sus voces se fueron difuminándose con el oleaje, después fueron sus cuerpos, sus contornos redondeados se fundieron con la línea de la costa, el mar le mecía hacía el interior y él seguía mirando la playa, la estrecha franja fue quedando atrás, atrás, el amarillento color de aquel angosto pedazo de tierra se fue confundiendo con el horizonte del cielo, su playa, su playa estaba desapareciendo, miró al cielo, azul, radiante, sin una nube, el viento le alejaba inexorablemente de aquel paraíso donde había pasado sus últimos momentos de placer, los guardaba en su memoria, en un frasco lleno de aromas y de licor, miró por última vez hacia la costa, cerró los ojos, fijó rumbo hacia su destino y
la medusa se hundió lentamente en el mar.
Dicen en el pueblo que tiene poderes mágicos, que es vidente, unos dicen que la han visto de noche perseguir gatos negros por las angostas callejas, otros dicen que sabe leer las manos de los muertos, que es quiromántica. Dicen en el pueblo que lee la buenaventura en una bola de cristal, que practica el ocultismo y la magia negra con pelos de rata y polvos mágicos en calderos de bronce a la luz de la luna. Dicen en el pueblo que está en tratos con el mismísimo diablo, que te puede leer el pensamiento y robarte el alma, que practica la telepatía con descaro y sin reparos. Dicen en el pueblo que es una bruja de mal agüero, que la han visto bailar desnuda bajo la lluvia, en aquelarres dentro del convento y yacer con los frailes bajo hechizos de viles tormentos. Dicen en el pueblo que evoca a los muertos del cementerio con artes malignas, que es nigromante y captura por artes espirituales las almas de los difuntos que habiendo sido criminales vagan por este mundo.
Silencio, es de noche, acaba de pasar el recolector de piñones y con una linterna de luna busca agachadito entre las briznas de hierba, se llena las manos de un polvo más feo que mi fría nariz. Está soñando.
María no sabía pronunciar la palabra, sin embargo no erraba cuando le decían que la deletreara, pe erre e ese te i de i ge i te a de o erre, equivocaba al decirlo las consonantes, la erre le delataba y al final acababan por reírse de ella.
¿Quién dio alas a un cuerpo libre?
De niños nos divertíamos tanto con esos juguetes de antaño, que al recordarlo te pienso, te siento saltando en torno a la mesa camilla, girando, poniéndote de puntillas, subiendo y bajándote de todas las sillas, buscando la pieza que con tu vista de lince y tu intuición de ratita presumida adivinabas se hallaba escondida entre otras tantas iguales, eufórica y chillona, alegre y manipuladora, mimosa, chiquilla hermosa de cola de caballo, y de pronto, te acometía el tedio, te aburría el puzzle, te desesperabas de no lograr encajar esa pieza que parecía que ya estaba, y ale, lo alborotabas, yo gritaba, te reñía, te enfadabas, tirabas de la falda de la mesa camilla, las piezas volaban, se escondían, pero
¡eh¡ , pillina, ya ves, hasta hoy ha llegado en más ó menos buen estado nuestro gran retrato, lo contemplo y te veo, me veo, nos vemos plasmados en el semblante de dos lindos gatos, que me miran desde el pasado, no te preocupes, ahora ya el puzzle está hace años terminado, amarillea pero sin perder ese brillo del recuerdo, y siguen faltando esa piezas que ardieron en el brasero, se perdieron ó se las llevó el hombre del saco, no me daba miedo, pero si la fastidiosa forma en que usabas los que tú creías mis miedos para plasmar tus mentiras de niña que se sabía culpable del delito de romper el hechizo de la colaboración en equipo, pues sabías que al llegar la noche, también papá, aunque fuese jugando al despiste, colaboraba, pero al fin y al cabo no eran piezas importantes, y a mi el hombre del saco me daba risa, otras, con el tiempo, mea culpa, también fueron desapareciendo, quedan las de siempre, bigotes pegados, mirando con ojos de gatos nuestro pasado, esa infancia de los días de lluvia de otoño compartiendo pedacitos de cartón y mirándonos de reojo de vez en cuando, mamá, desde la cocina, asomándose cuando el silencio le llenaba de chocantes presentimientos, nos miraba embelesada, como ahora esos gatos, nosotros dos, me están mirando, tan madre, tan orgullosa, que al recordarlo se me humedecen a traición mis ojos que miran esas edades, tú pequeña, yo más grande, tú más niña, yo más responsable, tú más gatita de ojos grandes, de belleza mimosín, yo mas sereno y maduro, ay, mi oreja, me miro y me veo, le falta una pieza, ¿dónde acabaría sus días de cartón?, ¿Quizá en el pozo?, allá donde arrojaste la tortuga que papá trajo un día de sabe Dios donde y cansada de no verla comer ni apenas moverse, temerosa por su suerte, la lanzaste al lugar donde les escuchaste a ellos decir que una tortuga podría sobrevivir como animal anfibio, palabra que no entendías, ó tal vez se esfumó entre muñecas de trapo ó trenes de latón, ¡ Qué sé yo ¡ . Papá hacía trampas, él no jugaba, simplemente, escondía las piezas, y nadie las encontraba hasta la mañana siguiente que enigmáticamente aparecían por encanto un puñado más de las que habíamos estado usado. Te daría ahora mismo un abrazo. Del derecho, del reves, media vuelta, otra media, esta no es, esta rien de rien, nada, otra vez, nuestros ojos fueron casi lo primero, cuatro círculos negro, mágicos, junto a unas naricillas rosadas y unas bocas que sólo maullaban, y esto pasó no más que ayer mismo, no más, y te tengo y te recuerdo, el primero, el más tierno, el más bonito, luego vinieron otros, pero ya no fueron los mismos, no estábamos nosotros dos, nuestra infancia reflejada, el equipo al completo trabajando en el proyecto de un juego, con algarabía, jolgorio, risas, familia, gracia, una sorpresa descubierta tras de cada pieza bien puesta, besos, tirones de pelo, pataleos, calor de hogar, retazos de otros tiempos allá en la historia de nuestra melancolía.
Recuerdo haberme asomado al precipicio de sus ojos, como un mar en calma, como un enjambre de abejas que durmieran la siesta de madrugada, eran de miel, de miel y almendra, profundos, limpios, serenos, intensos, mirada de mujer sensual y tierna, honey, a veces, te miraban con tesón, con nostalgia, con deseos escondidos tras almohadas de primaveras pasadas, enigmáticos y turbadores, tan profundos que perderse en ellos era lo menos moral que acaeciese en ese momento, una luz de erotismo se trazaba en su pupila acaramelada, su fantasía, la mía, la nuestra, la del castaño añejo que nos contemplaba y se mecía complacido sonriendo, observador de ensueños, de dulces momentos, de miradas petrificadas en el tiempo, hibernantes, esa mirada de hembra respetada, de fiera liberada en la sombra, de mujer tatuada a lápiz de labios infantiles, transparentes, de rasgos seductores, superficiales maquillajes que no denotan la esencia carnal de la victoria, más esos ojos, de mirar insólito, de mirar con trapío, de abeja reina guerrera que mira, zumba, aletea, no se rinde, ni te pide pleitesía, te busca, te atrapa, te acongoja, te toma prisionero en su almena más elevada, son más que un destello, un deseo, un ardid de un pedigüeño, un mirada tierna eternizada en su momento, de jalea real, de almíbar, de cera virgen que hace derretir de complacencia la mirada ajena que entiende y siente, se atribula y acongoja, se atormenta de deseos de respuesta, se sacrifica y no mira, sueña, desea, vuela, siente y padece la fuerza de una mirada caminando al borde de un precipicio anegado de azul y cristalinas aguas, y retrocede, cobarde, ante el amago de desvanecimiento, de verse implicado en un profundo mar, del miedo, de ese abandono profundo ante las miradas sin dueño, ahogarse en el deseo, en el anhelo, en la puerta abierta del cielo, de un néctar hecho a base de señuelos, añagaza, artificio con anzuelo donde se ancla el cebo de tu propia mirada, allá donde queda atrapada, seducida la más dura coraza, que traspasa acero, diamante, rasga edredones de seda y aprisiona libélulas en su tela de bien trenzada red de araña, de seductora artificiera de cañones de buques de guerra que desarbolan banderas de barcos piratas y los rinden sumisos y conquistados antes sus secretas armas, una simple mirada, turbadora, conmovedora, ante la cual se rinden flotas enteras, armadas invencibles, el Titanic jamás se hubiese hundido con vos en su interior, tan sólo rendido, el titán de hielo se hubiese fundido ante esa mirada flanqueada de llamaradas, que pese a ser galana y capitana pirata de furiosos bajeles cargados de armas, es sosegada, un mar Pacífico por descubrir, extenso, inmenso y libre, que tranquilo reposa sobre fondos abisales donde nunca mira ya que siempre emana su albedrío hacia la aurora boreal, hacia la Vía Láctea, mirando simplemente las hojas de un castaño. Son de mirar atractivo, cristalino, felino, revendedores de ilusiones, atrapadores de momentos, saben congelar el tiempo, pedir deseos, dadores de sentimientos genuinos y primigenios de un solo dueño, sutiles, etéreos, poderosos diamantes capaces de taladrar el enigma de lo opaco, con proponerlo veríais el interior de otros cuerpos, sus cándidos pensamientos, sus desvaríos y vahídos ante la intenso de esa mirada de hada de cuento, de Matahari de film, de diosa Afrodita ó Venus planetaria, esa mirada, que invita, que deleita, que seduce, que entorpece los sentidos, que ruboriza el alma, que te atrae y te roba los sentidos, que marea de deseos, te atrapa en redes de pescadores, te hipnotiza y obnubila, te subyuga y te hace suya, es radiante y pura, tenaz, te desarma y ciega, te obliga a no mirarla, a rendirla pleitesía, reverencia a una princesa, besamanos, un correr de viento entre los castaños mientras unos indiferentes gorriones se dan baños de arena a tu lado, un escalofrío ha recorrido los sentidos, el vello encrespado, tiritan las estrellas, la locura la fabrican las miradas, y la ternura y una pizca de guindilla picante y mientras tú no miras, con disimulo, esa mirada se ve atrapada por una cálida mano amiga que la guía prisionera hasta su saquito de esperanzas.
Es un texto antiguo, quisiera creer, pero ...